sábado, 12 de febrero de 2011

Casas

                         


  

 

   


 




 


 

Señaló un ancho arco que estaba enfrente de la ventana, provisto como ella de cortinas teñidas de púrpura, recogidas en ese momento. Subí hasta él por dos anchos escalones y, asomándome, me pareció atisbar la morada de unas hadas: tan luminosa parecía aquella imagen a mis ojos inexpertos. Pero no era mas que un salón muy bonito, dentro del cual había un camarín; ambos cubiertos por alfombras blancas en las que parecía que hubieran esparcido guirnaldas brillantes de flores; ambos con techos de molduras, blancas como la nieve, que representaban racimos de uvas y hojas de parra; bajo estas, brillaban en rico contraste los divanes y las otomanas carmesíes, mientras que los adornos sobre la repisa de la chimenea de claro mármol de Paros eran de cristal reluciente de bohemia, de color rojo rubí; y entre las ventanas grandes espejos que reproducían la combinación general de nieve y fuego.
Jane Eyre, de Charlotte Brónte.












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