jueves, 17 de febrero de 2011

Campos de fresas

Abrió los ojos cuando el primer zumbido del teléfono aún no había muerto y lo primero que encontró fueron los dígitos verdes de su radio-reloj en la oscuridad de la noche.
Por ello supo que la llamada no podía ser buena.
Ninguna llamada telefónica lo es en la madrugada.
 Campos de fresas, de Jordi Serra i Fabra

En la oscuridad.

Fuera de la casa, la oscuridad era completa. No se distinguían más que las siluetas de los árboles y los tejados negros de las granjas. Hacia oriente había una leve palidez, pero unas masas de nubes se aprestaban a cubrir esta zona pálida. En el ambiente, tranquilo y envuelto en la bruma, reinaba el silencio. Y hasta permanecía silencioso el sereno, a quien se paga para que rompa con el ruido de su chuzo el silencio de la noche, y el estertor de la negreta, único volátil silvestre que no rehuye la vecindad de los veraneantes de la capital.
En la oscuridad, de Anton Chejov

domingo, 13 de febrero de 2011

Dicen que las piedras hablan



Si las viejas tumbas del histórico cementerio de Bournemouth pudieran hacerlo, contarían interesantes relatos de algunos de sus inquilinos: En vida fueron militares condecorados, escritores famosos, dueños y vasallos, e incluso jefes y empleados. Diferencias que llegaron hasta el final y que se adivinaban en la calidad de una lápida a otra; humildes y ostentosas, de mármol o granito, grandes y pequeñas, con la piedra pulida, cuidada, o desgastada por el olvido y por el tiempo, más o menos parlanchinas; sus propietarios yacían ahora bajo tierra, allí donde las diferencias ya no existen y nada turba la fría paz de los muertos.
Luca el zombi , de Jean Larserfam.



Abanico de cristal



Pienso, camino largamente, mi vida antes de ti.
Mi vida antes de nadie, mi áspera vida.
El grito frente al mar, entre las piedras,
corriendo libre, loco, en el vaho del mar.
La furia triste, el grito, la soledad del mar.
Desbocado, violento, estirado hacia el cielo.
Tú, mujer, qué eras allí, qué raya, qué varilla
de ese abanico inmenso? Estabas lejos como ahora.
Incendio en el bosque! Arde en cruces azules.
Arde, arde, llamea, chispea en árboles de luz.
Se derrumba, crepita. Incendio. Incendio.
Y mi alma baila herida de virutas de fuego.
Quién llama? Qué silencio poblado de ecos?
Hora de la nostalgia, hora de la alegría, hora de la soledad.
XX Poemas de Amor y Una Canción Desesperada: Poema 17
Pablo Neruda


sábado, 12 de febrero de 2011

Feliz Navidad


Zapatos



Casas

                         


  

 

   


 




 


 

Señaló un ancho arco que estaba enfrente de la ventana, provisto como ella de cortinas teñidas de púrpura, recogidas en ese momento. Subí hasta él por dos anchos escalones y, asomándome, me pareció atisbar la morada de unas hadas: tan luminosa parecía aquella imagen a mis ojos inexpertos. Pero no era mas que un salón muy bonito, dentro del cual había un camarín; ambos cubiertos por alfombras blancas en las que parecía que hubieran esparcido guirnaldas brillantes de flores; ambos con techos de molduras, blancas como la nieve, que representaban racimos de uvas y hojas de parra; bajo estas, brillaban en rico contraste los divanes y las otomanas carmesíes, mientras que los adornos sobre la repisa de la chimenea de claro mármol de Paros eran de cristal reluciente de bohemia, de color rojo rubí; y entre las ventanas grandes espejos que reproducían la combinación general de nieve y fuego.
Jane Eyre, de Charlotte Brónte.












Sombras que se fijan al instante

“Hay horas vacías, insustanciales,que esconden en sí el destino. Surgen indiferentes como oscuras nubes que aparecen para perderse de nuevo, pero se mantienen ahí tenaces y obstinadas. Y se disuelven elevándose como un humo negro, se hacen cada vez más lejanas y alargadas, hasta que por fin flotan sobre la vida con una palidez gris, melancólica, inmóviles, como sombras que se fijan al instante, inevitables y celosas, y elevan una y otra vez su puño amenazante.

El amor de Erika Ewald, de Stefan Zweig






Dulces sueños

Alicia, para tí este cuento infantil. 
Ponlo con tu mano pequeña y amable 
donde descansan los cuentos infantiles,
entrelazados,como las flores ya marchitas
en la guirnalda de la memoria.
Es la ofrenda del peregrino
que las recogio de paises lejanos.
Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll.

fotografía Bronte

Fotografía Bronte